Que suerte el ser un "manitas”

Viernes, Febrero 23rd, 2007



Leído en Pixel y Dixel:




Declutter Your Desk

Por mucho que lo intentas, tu mesa de trabajo está cada vez más llena de cables y cacharritos: router, hubs USB, discos duros, regletas de enchufes… Van Mardian nos da una muy buena solución escondiendo la mayoría de estos elementos bajo la mesa de tu ordenador.

Como verás lo que hace es colgar un tablero de MDF con agujeros bajo la mesa, colocar todos los cables y aparatos atados con alambre (quizás mejor bridas o cable tipo “bimbo”). Después sujeta el tablero con unos topes de madera, así que todo es perfectamente desmontable.

Filminas

Lunes, Febrero 5th, 2007

Para un 40-on como yo el ver anuncios de “mi época” me divierte y me llena de nostalgia, en Filminas podrás recordar esos anuncios.

El hijo puta

Domingo, Enero 21st, 2007

EL HIJO PUTA

Estaba sentado el otro día delante de mi ordenador cuando me acordé que tenía que llamar por teléfono a un compañero.

Descolgué el auricular y marqué el número de memoria.

Me contestó un tipo con muy mal humor diciendo:

- “¿Qué quiere?”.

- “Soy Ignacio Martínez, ¿podría hablar con Roberto Espárrago?”dije amablemente.

- “Te has equivocado, gilipollas”, me respondió y acto seguido colgó.

No daba crédito a lo que me estaba ocurriendo. Cogí mi agenda para buscar el número de mi compañero y comprobé que, efectivamente, me había equivocado. Pero como aún recordaba el número “erróneo” que había marcado anteriormente, decidí volver a llamar a aquel tipo y cuando me cogió el teléfono no esperé a que contestase y le dije:

- “Eres un hijoputa”, y colgué rápidamente.

Inmediatamente apunté aquel número en mi agenda junto a la palabra “hijoputa”.

Cada dos o tres semanas, cada vez que estaba cabreado (porque me llegaba una letra inesperada, o un aviso de multa, o discutía con mi mujer, o alguna situación por el estilo) volvía a llamarlo y sin dejarle contestar le decía:

- “Eres un hijoputa”.

Esto me servía de algún modo como terapia y me hacía sentirme mucho más relajado. Unos meses después, la maldita Telefónica introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me deprimió un poco porque tuve que dejar de llamar al “hijoputa”.

Pero de repente, un día se me ocurrió una idea: marqué su número de teléfono y cuando escuché su voz le dije:

- “Hola, le llamo del departamento de ventas de Telefónica para ver si conoce nuestro servicio de identificación de llamadas”.

- “No” me dijo el tío grosero, y me colgó el teléfono.

Rápidamente lo volví a llamar y le dije:

- “Eres un hijoputa”.

Un mes después, estaba yo esperando con mi coche a que una anciana saliera de la plaza de aparcamiento del Hipercor. Esta lo hacía muy lentamente y cuando terminó la maniobra y me disponía yo a ocupar la plaza libre, apareció un Golf GTI negro a toda velocidad y se metió en el hueco que iba yo a ocupar. Comencé a tocar el claxon y a gritar:

- “¡Eh, oiga!, ¡que estaba yo esperando!, ¡no puede hacer eso!”.

El tipo del Golf se bajo, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si no me hubiera oído. Yo me quedé completamente frustrado y pensé:

“Este tío es un hijoputa. El mundo está lleno de ellos”.

Justo en ese momento vi un letrero de “SE VENDE” en el cristal de atrás del Golf. Lógicamente anoté el número y me fui a buscar otra plaza de aparcamiento.

A los dos o tres días, vi en mi agenda el número del “hijoputa” y me acordé que había anotado el número del tipo del Golf. Inmediatamente le llamé y le dije:

- “Buenos días. ¿Es usted el dueño del Golf GTI negro que se vende?”

- “Sí, yo mismo”

- “¿Podría decirme donde puedo ver el coche?”

- “Sí, por supuesto. Yo vivo en la calle de Don Ramón de la Cruz esquina con Montesa, es un bloque amarillo y el coche esta aparcado justo enfrente de la casa”

- “¿Cómo se llama usted?”

- “Enrique Juárez”

- “¿Que hora sería la mejor para encontrarme con usted y discutir los detalles de la operación, Enrique?”

- “Pues yo suelo estar en casa por las noches”.

- “¿Puedo decirle algo, Enrique?”

- “Si, claro”

- “Enrique, eres un hijoputa de la hostia”, y colgué el teléfono.

Inmediatamente después de colgar anoté el número en mi agenda al lado del otro, pero en este puse el nombre de “hijoputa II”.

Ahora tenía dos “hijoputas” para llamar y así estuve durante dos o tres meses, llamando ahora a uno, ahora a otro; hasta que comenzaba a aburrirme un poco.

Me puse a pensar en serio sobre como resolver este problemilla y al cabo de un par de whiskies se me ocurrió algo. Primero llamé al “hijoputa I”:

- “Dígame”

- “Hola hijoputa” - pero esta vez no colgué.

- “¿Estas ahí todavía, verdad, cabrón?”

- “Si, hijoputa”

- “Deja ya de llamarme o …”

- “Noooooo”.

- “Si supiera quien eres te rompía la boca”, me dijo.

- “Me llamo Enrique Juárez y si tienes cojones vienes a buscarme. Vivo en la calle Don Ramón de la Cruz esquina Montesa, en un bloque amarillo, justo en la puerta donde hay aparcado un Golf GTI negro, so hijoputa”

- “¡¡¡Ahora mismo voy para allá!!! Tu sí que eres un hijoputa y ya puedes ir rezando todo lo que sepas. Te voy a mazar a hostias”

- “¿Si?. ¡Que miedo me das, hijoputa!” y colgué el teléfono.

Inmediatamente llame al hijoputa II:

- “Dígame”

- “Hola hijoputa” y no colgué.

- “Como te pille algún día…”

- “¿Que me vas a hacer, hijoputa?”

- “Te voy a patear las tripas, pedazo de cabrón”

- “¿Sí?, pues a ver si es verdad, hijoputa. Ahora mismo voy hacia tu casa” y colgué.

Por ultimo, cogí el teléfono y llame a la policía. Les dije que estaba en la calle Don Ramón de la Cruz esquina con Montesa y que iba a matar a mi novio homosexual en cuanto llegara a casa. Luego hice otra llamada rápida a “Madrid directo” y les dije que iba a haber una pelea de pandillas en la calle Don Ramón de la Cruz esquina Montesa.

Y entonces me monté en mi coche y me fui para allá a toda leche.

Te juro que es una experiencia que nunca olvidaré. La mayor pelea que he visto en mi vida. Hasta los cámaras de Telemadrid se llevaron lo suyo.

En fin, después de esto espero que cuando te llame por teléfono me contestes en tono amable.

“Ya sabes, no es bueno que yo me irrite.”

El pito doble

¡¡¡Un hombre es un hombre… que coño!!!

Sábado, Octubre 7th, 2006

Ayer mismo al tomar el café y con la lectura habitual del Faro de Vigo, leía que algún erudito psicólogo o médico… o algo así comentaba que en la actualidad no se soportaba el dolor o lo que viene a ser lo mismo, que somos unos quejicas, que antes te podías echar una semana con un dolor de muelas de escándalo y no passsaaba naaada. Pués el menda no ha visto este vídeo. No… me da que no…

http://www.youtube.com/watch?v=k0PU5H1cuts

Dormir

Miércoles, Octubre 4th, 2006

Hace poco hablabamos del sueño bifásico que ahora completo con ésto que he visto en Sololiteratura.

 

Por Alan Pauls

Página/12. 20 de Mayo de 2002

Napoleón dormía poquísimo. Se acostaba entre las 10 y las 12, dormía hasta las 2, trabajaba hasta las 5 y volvía a dormir hasta las 7. Otro tanto hacían Edison y Churchill, que se saciaban con tandas de 4 horas, y Salvador Dalí, que sólo suscribía esa dieta si la personalizaba: se instalaba en un sillón, dejaba en el piso un plato de metal y se abandonaba al sueño con una cucharita entre los dedos; dormido, los dedos se le relajaban, la cuchara caía golpeando contra el plato y el pintor, alertado por el modesto estrépito, despertaba y reanudaba el reloj reblandecido que había dejado inconcluso. A juzgar por la bibliografía especializada, entre los fanáticos de la vigilia y los dormilones no hay punto de comparación –al menos cuantitativa–. A los primeros se los colecciona; para contar a los otros sobran los dedos de una mano. El marmota más célebre fue sin duda Einstein, que no movía una neurona si no había dormido un mínimo de diez horas. El ejemplo, usado hasta la saciedad, alcanza al menos para contrariar la creencia vulgar, típica de la neurociencia capitalista, de que la férrea voluntad de vigilia coincide con la inteligencia y el gusto por el sueño con la lentitud de espíritu.

En rigor, la desproporción numérica que reina entre los dos bandos muestra hasta qué punto la civilización, ya resignada a emancipar a la comida y el sexo de la mera necesidad, sigue manteniendo el acto de dormir bajo su yugo. En Napoleón, Churchill o Dalí, dormir es tan fastidioso y necesario como alimentarse: una mezcla de obstáculo (porque interrumpe la continuidad de la producción) y de suministro indispensable (porque la recuperación de energías que permite es clave para retomar la actividad). Para Einstein, en cambio, es otra dimensión de la existencia, tan elevada y consistente como el reino de leyes y ecuaciones en el que nacieron y refulgieron sus ideas. Así, el dormilón es al durmiente rápido lo que el cultor del tantra yoga al fornicador expeditivo, y lo que el gourmet al broker que se clava un pancho al paso para discontinuar lo menos posible el frenesí de la compraventa.

Hasta ahora, dormir ha sido apenas una obviedad de la biología y un despotismo cultural: dormimos porque nos es imposible seguir en pie, porque el cuerpo o el alma no dan más o, siendo niños, porque nuestros padres no nos dejan otra alternativa. (“Hay que dormir” –como quien dice: “si no respirás te morís”– era la fórmula con la que desmerecían nuestras protestas y engendraban generaciones y generaciones de pequeños hipnófobos.) Pero basta presenciar el momento sublime en que los niños descubren, por la irresistible temperatura de la cama o la textura peculiar de una costura, una sábana, un pliegue milagroso –cualquiera de esos talismanes que en la oscuridad de la habitación sólo brillan para el durmiente–, que la cama que les parecía un cadalso se ha convertido en el reino más amigable, delicioso y privado de todos, para entrever qué otras experiencias, menos ligadas a la burocracia de la existencia que a su goce, puede depararnos el acto de cerrar los ojos cuando se lo piensa y ejecuta como un arte. Para eso hace falta cambiar de perspectiva: pasar del modelo animal (instinto/satisfacción) al modelo humano (deseo/placer). Así, dormir ya no será un simple término, el límite que “soluciona” un estado negativo intolerable (el cansancio), sino una experiencia en sí, el lugar de una afirmación expansiva, tan sensible a matices y alternativas como el ejercicio “creativo” de la sexualidad y –oh alivio– a la vez mucho menos exigente. La cama ya no será esa tumba impersonal en la que se desploman los cuerpos que “ya no quieren saber más nada”, sino un espacio intacto, expectante, cuya pulcritud sólo pide una cosa: que el durmiente lo abra, lo desgarre y, una vez adentro, vaya colonizándolo de a poco, a ciegas, entibiando algunas zonas y dejando otras frescas, como en reserva, para el momento en que, cansado del calor de las regiones que ya conquistó, el durmiente decida mudar las partes abrasadas de su cuerpo a un mundo más nuevo y refrescante. Esa alternancia (fresco/cálido, nuevo/usado, desconocido/familiar) es sólo una de las frecuencias en las que se juega el goce de dormir. Hay otras: los materiales (las delicias hospitalarias del algodón), los pesos (dormir es rendirse a una paradoja: la sepultura amorosa), las posturas (no adoptar de entrada la postura preferida: llegar a ella, en cambio, al mismo ritmo en que llega el sueño), las aventuras (la felicidad de despertar en plena noche y descubrir todas las zonas frescas que fueron acumulándose durante el sueño). Sólo hay un placer superior al de dormir: el placer de mirar dormir. Los poetas Arturo Carrera y Teresa Arijón lo homenajearon en El libro de las criaturas que duermen a nuestro lado, bello manual de hipnofilia, y Proust le dedica los pasajes más inspirados de La prisionera, cuando el narrador contempla a Albertine, que duerme en su cama, y piensa, entre otras cosas, qué majestuosa e inusual es la belleza de ciertas caras cuando dejan de tener mirada.



Sobre 40-on

En estas páginas muestro aquello que más me interesa de la Red: tecnología, programas, sitios, así como reflexiones en voz alta sobre mi vida y a veces... sobre la de los demás.
"Palabra de Mao"

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