Mobbing

5 Septiembre, 2006 por 40-on Dejar una respuesta »

mobbing

Haciendo limpieza de mi disco duro he encontrado este artículo de hace un tiempo escrito por Nativel Preciado para “el Semanal y que me pasó un colega del “curro”, ahora ya pre-jubilado, que por aquel entonces se encontraba de baja laboral, afectado de una depresión motivada por lo que se ha llamado en denominar mobbing.

Aquí os lo dejo:

Trepas y pelotas.

Hace algún tiempo tuve ocasión de preguntar a un miembro del Gobierno por qué mantenía en su puesto a una persona desprestigiada, con fama de incompetente y tiralevitas. Me respondió, con toda espontaneidad, que le mantenía porque era fiel y siempre estaba disponible. Ante mi perplejidad, amplió la teoría: “En política, algunas veces, la lealtad y la disponibilidad son virtudes superiores a la eficacia, la imaginación o la inteligencia”. Una buena explicación para entender mejor por qué abundan los pelotas no sólo en la actividad política sino en cualquier profesión donde existen relaciones de poder. Es absurdo poner cara de asombro frente a semejante respuesta, porque el peloteo es un método eterno de promoción; el trepa suele ir firmemente unido al pelota. Quizá lo sorprendente es que cada vez se encuentran más individuos mediocres y serviles en el entorno de los poderosos. No pretendo insinuar que los poderosos de ahora sean peores que los de antes; lo que se ha deteriorado sensiblemente son las relaciones laborales.
Sobran estadísticas para demostrarlo.

Las conclusiones de los expertos en Psiquiatría Legal, reunidos en Oviedo, son demoledoras. Un ocho por ciento de los trabajadores de la Unión Europea sufre algún tipo de persecución en su puesto de trabajo. Es alarmante el aumento de los asalariados españoles que enferman porque se sienten asediados por jefes, superiores o compañeros.
Al mobbing ahora lo llaman ‘acoso institucional’. Da igual el término que se utilice para designar la enfermedad, porque los síntomas siempre son los mismos. La víctima de hostigamiento empieza a sentir falta de autoestima, sigue con dolores musculares, jaquecas, pérdida de memoria, fatiga crónica y termina en depresión y la consiguiente baja laboral. Ese es, sin duda, el objetivo del acosador: enviar a su casa al empleado. En ocasiones, su propia
frustración le lleva a desahogarse con el de menor rango, por lo general, víctima preferida del maltrato psicológico. Otras veces se trata de una técnica más sinuosa, que se utiliza para llevar a cabo una fraudulenta reducción de plantilla. También se da el caso del miedo a la eficacia ajena, que puede poner en evidencia la propia ineptitud del perseguidor. En definitiva, cualquiera que sea la causa, hay cada vez más individuos que se dedican a convertir el miedo laboral en un infierno.

Las víctimas de la tortura suelen reaccionar de manera patológica: o bien enferman o abandonan o se someten y tragan con todo. Sólo una minoría se siente cómoda. Quien pretenda encontrar un puesto de trabajo tiene que aceptar el permanente desasosiego laboral que implica la movilidad geográfica y garantizar además, la plena disposición para cualquier eventualidad que surja en la empresa. Hay que afrontar toda clase de riesgos y, desde luego, ocultar cualquier síntoma de fatiga o agotamiento. Lo más perjudicial es acusar el paso de los años, es preferible tener a dos trabajadores de 25 que uno de 50. Las empresas los prefieren jóvenes, no solo suficientemente preparados, sino adaptables a las necesidades del mercado. Los nuevos son sanos, resistentes, competitivos, no han tenido tiempo de adquirir ninguna rutina laboral, rinden como el primer día y cobran menos. Al empresario le interesa que nadie se duerma en los laureles, pero es buena inversión verse obligado a financiar algunas terapias de apoyo. La Asociación Nacional contra el Acoso Moral calcula que las empresas españolas gastan 25 millones de euros al año por culpa del mobbing. Muchos dirán que siempre ha sido así, pero no es cierto. Existieron momentos aunque fugaces, en los que se promocionaba el esfuerzo, la experiencia e incluso el grado de antigüedad en la empresa y cumplir con el trabajo encomendado garantizaba cierto grado de seguridad. En la mayoría de las empresas las reglas han cambiado y ya no existen normas estables, compromisos permanentes o derechos adquiridos. Se han atomizado los intereses colectivos. Algunos han vuelto a lo que a finales del siglo XIX o principios del XX se conocía como trabajar a destajo.

Sálvese quien pueda.

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